Es una hermosa tarde de otoño cerca del gran océano, en Canadá. Mujer del Pueblo de las Águilas sale a dar un paseo. Le gusta hacerlo todas las tardes si el tiempo lo permite. Se adentra en el robledal y se sienta al pie de un joven árbol.
Allí, en medio del bosque, se siente acogida por sus amigos del mundo vegetal y animal. Siempre la acompañan dos mastines. El joven ha nacido la primavera pasada y está muy fuerte. A ella le gusta acariciar su inocencia y su pelaje color canela mientras ve como va acabando el día. El aire es fresco y despeja su mente.
Cierra los ojos y se siente en paz con ella misma. Hace muchos años que vive a las afueras del poblado, un poco alejada de los quehaceres que ocupan la vida diaria de sus vecinos. Un día ya lejano se dio cuenta que su camino era aprender a comprender las almas de los seres para aportarles algo de consuelo, pero para ello antes debía centrase en saber quién era ella misma. Eso le ocurrió a la mediana edad y ahora es ya anciana. Le duelen los huesos, su piel no era tersa, pero por sus ojos sigue saliendo la luz de su alma alegre y compasiva.