Cuando llegamos a este mundo físico, somos esperados y recibimos los cuidados de personas bondadosas a quienes les enseñaron a creer en la ilusión del “falso yo”, el “carácter” o la “personalidad”, (“EGO”). Estas personas creían no estar definidas por su esencia espiritual, sino por su individualidad especial y única, por sus posesiones materiales y por sus logros, se ven a así mismos con carencias, separados entre sí, también separados y ajenos a la Fuente, origen verdadero de su ser.
El EGO es solo una idea que adquirimos de nuestro entorno limitado, el cual está repleto de personas dominadas por el EGO.
Desde muy temprano, el EGO nos obliga a creer que estamos separados de los demás, lo que contradice al ESPIRITU, el cual nos recuerda que todos compartimos la misma fuerza vital.
El EGO sufre de esa vergüenza toxica que daña el alma, de sentimientos de culpa, soledad, rechazo, miedos y sobre todo creencias de imperfección e inadecuación, es por eso que necesita llenarse de posesiones externas para sentir que es valioso. Entonces nos pasamos la vida entera buscando algo externo para sentir que si valemos: una casa grande y hermosa, coches último modelo, logros financieros, títulos, pertenecía a algún grupo de cierta clase social y así el EGO puede sentirse realmente importante.
El EGO nos sermonea constantemente para que nos comparemos, compitamos, también nos dice que somos menos y que hemos fracasado cuando otras personas nos superan y tienen más cosas que nosotros. Pero ante todo al EGO le asusta que vivamos en ESPIRITU, pues ya no necesitaríamos de él, ya no creeríamos en nuestro “falso yo” y nos liberaríamos de la necesidad de identificaríamos con él para sentirnos importantes, valiosos y aceptados. Nos reconoceríamos en nuestra esencia verdadera sabiendo que simplemente somos maravillosos por haber sido creados a la imagen y semejanza de nuestra Fuente original.

