lunes, 28 de junio de 2010

Niveles de autoconocimiento

En alguna parte del templo de Delfos, dedicado al Dios Apolo se hallaba la inscripción “Gnosti te autvn”, que no significa otra cosa que la tan renombrada y conocida frase “Conócete a ti mismo”. ¿Pero de qué hablamos cuando decimos conocernos a nosotros mismos?, ¿Nos referimos al cuerpo?, ¿A nuestra mente?, ¿A la personalidad?, ¿A los pensamientos? Y más importante aún ¿Podemos llegar alguna vez a conocernos a nosotros mismos?

Creo que para hablar de autonocimiento, primero tenemos que tener en claro que los seres humanos somos algo mucho más profundo de lo que nuestra mente es capaz de comprender, que no somos algo mecánico, concreto y limitado sino más bien todo lo contrario. ¿Y si somos algo fluido, ilimitado y abstracto como podemos llegar a conocernos alguna vez?
La punta del ovillo para desenredar todo este nudo es considerar que cuando hablamos de autoconocimiento tenemos que establecer diferentes niveles de profundidad, y distintos modos de conocimiento.

Comenzando desde lo más superficial, creo que cuando normalmente nos referimos a conocernos a nosotros mismos nos referimos a la personalidad compuesta por nuestras historias, recuerdos, las cosas que nos gustan, que sentimos que nos identifican, nuestros vínculos y por supuesto nuestras emociones. Esta primera capa con la que nos encontramos es la más fácil de reconocer y podemos llegar a ella mediante la observación y el pensamiento racional. Si nos ejercitamos en el arte de la observación y la atención, pronto podremos hacer un listado de todo lo que mi personalidad es, la manera en la que me comporto, como reacciono ante los diversos estímulos que me ofrece la vida, etc. Esto no es poca cosa, ya que si queremos cambiar nuestra manera particular de transitar la vida, sin duda alguna, primero debemos saber cómo es, esa manera. No podemos cambiar lo que ni siquiera conocemos. No podemos pretender trascender algo que nos domina. Es fundamental conocer a la perfección nuestra personalidad para luego trascenderla.

Pero eso no es todo, no somos solo personalidad y emociones, somos algo mucho más profundo, somos chispa divina, una parte del todo. ¿Es posible conocernos a ese nivel? Racionalmente, definitivamente no. ¿Y entonces que nos queda? Afortunadamente no somos nada más que razón, el problema es que lo hemos olvidado. Como buenos descendientes de la cultura Griega, el pensamiento y la razón se volvieron sinónimo de inteligencia, de conocimiento. Pero hay algo más que nuestros hermanos orientales conocen a la perfección y que afortunadamente estamos aprendiendo a aceptar: la intuición. Lejos de ser una corazonada, una sensación, un presentimiento, la intuición es un modo de conocimiento que está más allá de la mente o de la razón. La intuición es una percepción íntima e instantánea de una verdad, o parte de ella, que está más allá de la mente o del pensamiento. No es un conocimiento al que hemos llegado luego de razonar largamente sobre algo, de estudiarlo, debatirlo o analizarlo. Es un conocimiento instantáneo. En un segundo no estaba y al siguiente nos inundó una verdad de tal manera, que no la olvidaremos jamás. Eso es la intuición.

Si bien este modo de conocimiento no se estudia, ni se aprende en el colegio, necesita de ciertas condiciones para manifestarse.

Como dije antes, la intuición es una chispa instantánea de verdad que nos inunda de golpe, suele ser muy rápido porque no pasa por el razonamiento. Pero en este mundo en el que vivimos, tan acelerados, haciendo diez mil cosas por segundo y pensando en otras tantas, ¿es posible percibirla? Ahí está el secreto. Con una mente tan agitada y de la cual no conocemos y no tenemos el menor dominio, es muy difícil estar atento a la intuición. Por lo general no la escuchamos porque no hemos desarrollado el arte de controlar nuestra mente y nuestros sentidos. Esta es la meta de todo trabajo espiritual, de todas las religiones y filosofías. Pueden nombrarlo de diferente manera, pero está en todas.

Pero volvamos a la intuición. Nuestra esencia, es la esencia de todo lo que existe pero no podemos percibir la esencia a través del pensamiento racional. Jesús decía “Mi padre y yo somos uno”, la gran, o una de las grandes diferencias entre Jesús y nosotros, es que él sabía que “el padre y Él eran uno”. En el hinduismo está la esencia del hombre, Atman, en la manifestación, en la polaridad en la que vivimos , que es Brahaman, en el mundo in-manifestado. La física cuántica dirá que todo está compuesto por átomos, que todo vibra. Son todas maneras diferentes de decir lo mismo. Que nuestra esencia es pura, divina. Y cuando nuestra mente para por un microsegundo, y accedemos a ella, a través de la intuición, llegamos a un tipo de verdad, de conocimiento, que no podríamos haber llegado mediante el raciocinio.

Yo puedo decirte: Dios es amor. Y esta frase no significa nada, está vacía de contenido. Pero si en una meditación, en la soledad de tu casa, llegas a la naturaleza de tu mente que se retira por un instante y percibís ese amor… no hay necesidad de explicaciones. Eso es intuición. Un segundo antes, la frase estaba vacía de contenido, y al segundo siguiente, todo tenía otro sentido.

Toda esto sirve para mostrar que hay distintos niveles de autoconocimiento. Está la personalidad y las emociones que podemos conocer mediante la autoobservación. Y está nuestra esencia que es incognoscible e indescriptible, básicamente porque es esencia divina, una chispa del universo, Dios en potencia. Podemos, mediante la ejercitación del control de la mente y de los sentidos, de la meditación y la autoobservación, llegar a percibirla, pero nunca, a describirla.



María Eugenia Miqueo
www.clubdemetafisica.blogspot.com

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